Cuando desaparece un bar queda una herida en la ciudad, herida que solo se restaña con el nacimiento de otro bar.
Madrid tenía muchas, demasiadas de esas heridas, y con la llegada de Le Cabrera no solo sanaron, sino que casi han caído en el olvido. El 2010 será un año importante en la historia de la coctelería madrileña, y lo será gracias a la feliz idea de un gran barman —Diego Cabrera— y de un grupo de amantes de los buenos tragos y de los buenos bares.
Pero no queda ahí la cosa, pues en Le Cabrera también hay buenos bocados que acompañan a los buenos tragos; hay una magnífica cocina y una barra donde apoyarse para degustar esos caprichos.
Dos barras, pues, una arriba, más expuesta a los ojos, para comer sabroso, otra abajo, más oculta, más íntima, para beber pausadamente y disfrutar de una amplia gama, tan amplia que no tiene fin, de cócteles clásicos e innovadores.
Entrar en Le Cabrera es sentir el ambiente acogedor de un espacio diseñado para estar tan a gusto como en el salón de casa y gozar de la cálida acogida de los grandes profesionales que hacen que todo funcione como un reloj de precisión.
Alberto Gómez Font










